DOMÈNECH I SÁNCHEZ

LA PERMANENCIA DE LA BELLEZA INTERNA EN LA OBRA DE DOMÈNECH i SÁNCHEZ, por Josep Mª Cadena


La pintura de Josep Domènech i Sánchez (Barcelona, 1952) tiene la fuerza de lo que no se puede medir o pesar, pero que existe y que se echa a faltar cuando se deja de contemplar. Él, que es pintor de frases, no tanto porque las diga sino porque las piensa mucho y las pule al máximo para que queden como difinitivas que son, a veces pronuncia una que dice más o menos así: La fuerza del arte es que no sirve para nada, esta es su gran fuerza. Y aún añade: Ni una palabra más, ni un pensamiento menos. Y también se plantea: ¿Y si un trozo de madera descubre que es un violín? Interesante pregunta que nos ayuda a introspeccionarnos para saber si la madera de la que estamos hechos esconde alguna melodía o una nota tan solo que sea tan pura e idéntica que por ella misma justifique toda nuestra existencia.

Domènech i Sánchez está convencido de la magia del número trece –hace unos meses presentó un libro titulado Interior dos mil 13-, pues no en vano nació en la calle Picalquers número 13 de Barcelona, un 31 de marzo -13 al revés- del año 1952 -52 es cuatro veces 13-, pero no por ello es supersticioso. Él, trabajador nato de la pintura, cree en la poesía, en el amor, en la amistad y en la entrega constante al trabajo que no impide apreciar la vibración del aire cuando pasa una de las pocas golondrinas que nos quedan o contemplar la arena situada en la orilla del mar que abserva con serenidad el beso de una suave ola.

Y aunque no deja nada al azar, está abierto a las posibilidades de una maternidad o a la de las tres gracias y seguiriá a ojos cerrados a una mujer con una venda en los ojos que es la Justicia, equilibrada y consciente, que querríamos para todos sin ningún tipo de excepción, y que quizá alcanzaremos el día que entendamos que –otra frase suya- nadie se nos subirá encima si no le ponemos la espalda.

Las formas que emergen de los cuadros de Domènech i Sánchez –especialmente las figuras femeninas, pero también los muebles de maderas armónicas y nobles que sostienen platos vacíos en apariencia pero llenos de sentido –están empapadas de las caricias con las que las ha obsequiado el pintor. Este tiene una especial sensibilidad anímica, que manifiesta en la yema de los dedos y que sabe transmitir a todos los que vemos sus creacions. Participa en ellas y nos hace participar de forma continuada y absorvente, con ritmos bien equilibrados en sus cambios de intensidades, que hacen que cada obra crezca por dentro y se mantenga fresca y nueva, joven y activa, sin que pase el tiempo por ella.



JOSEP DOMÈNECH Y LA PROXIMIDAD AFECTIVA DE SUS AMBIENTES, por Josep Mª Cadena

Josep Domènech (Barcelona, 1952) sabe meterse dentro de la materia de las cosas que nos rodean –en especial los muebles del hogar- para darles vida. No movilidad, sino sentimiento, presencia, sentido de saber estar en un lugar y que éste sea el que corresponde. Proyecta en ellos su personalidad de artista que aprecia el entorno y que hace que ésta resulte colectiva.

Hace años que sigo con constante interés su obra y puedo decir que, fiel a las constantes de su pensamiento, constantemente se renueva. Es como un espejo que recoge y hace suyas las imágenes que pasan, como la superficie de una mesa por la cual se desplaza, lento y solemne, un hilo de sol exterior, que ha dejado pasar el ojo vacío de una persiana, como la cómoda con una bandeja de frutas encima del estante, que nos sugiere todo tipo de misterios por descubrir en los tiradores dorados de sus cajones con elegantes curvas como olas. Sabe descubrir misterios en aquello que, en principio, es natural dentro del día a día de un piso normal, de una casa por la que van y vienen personas que habitualmente no vemos, pero que están.

Esta capacidad de Domènech Sánchez para entender la magia de los ambientes creados con objetos, señala siempre objetivos humanos. El pintor piensa en nosotros cuando realiza sus obras. Lo hace de una forma general y siempre innominada, ya que las singularizaciones son para el círculo familiar más íntimo, pero nunca deja de sentirse cercanamente cordial hacia el prójimo. Solitario por oficio –pintar es abstraerse de todo lo que le rodea, excepto de lo que se desea captar con la máxima potencia posible-, experimenta en su interior una intensa voluntad participativa y quiere comunicarla. Por eso sus cuadros, tan serenos y en apariencia tan lejanos, nos llaman y nos ofrecen, generosos, su compañía.

Mirada una vez, la obra pictórica de Josep Domènech se hace remirar y pide, sin ninguna exigencia por parte de su autor, una especial atención por lo que interiormente explica. Describe estados anímicos que interesan y con los cuales podemos conectar con facilidad. Habla, pero también escucha y, con sutileza, ayuda a aclarar conceptos y a que cada uno que la contemple se encuentre con él mismo.

Ver la exposición del pintor(a): 11/2010 - MEDITACIONES

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