Jordi ISERN

JORDI ISERN Y LA TRASCENDENCIA DEL PAISAJE, por Josep Mª Cadena

La sociedad humana es cada vez más convulsa e imprevisible, y parece que la Naturaleza se haya contagiado de esta agitación continua, ya que al regular cambio de estaciones de antaño ha sucedido la confusión de las tradicionales primavera, verano, otoño e invierno, y hay calor cuando toca frío y sequía cuando se esperan lluvias. Por eso siento una especial predilección por la pintura de Jordi Isern (Barcelona, 1969), que ahora expone su obra más reciente en la Sala Rusiñol, pues fija con acierto esta Naturaleza que se ha convertido en movediza y alterada y nos da tiempo y paz para poderla disfrutar.

Jordi Isern iba para urbanita y empresario de provecho, pero sintió la llamada de la flor que nace con la primavera; el tallo de trigo que madura esperando la cosecha del verano; el pámpano de las viñas que darán vino en otoño; y la nieve que en invierno amortaja la tierra que necesita un descanso para ganar fuerzas y producir de nuevo. Sus cuadros entienden el orden natural de la vida y la muerte, que no es otra cosa que una oportunidad continua de renovación sin fin que nos tiene que permitir ser cada vez mejores como colectividad y personas.

Sus paisajes, muy amenudo, no son salvajes, si no domesticados por la mano del hombre, pero sin que exista la demasiado habitual ansia rapaz que destruye todo lo que toca, ya que el respeto mútuo impera, alcanzándose un equilibrio entre el entorno y la persona que el artista ha sabido encontrar y que desearía para el mundo en que vivimos. La pintura de Jordi Isern tiene unos valores que van más allá de la estética, puesto que defiende una armonía que debería ser norma de conducta para todos nosotros.

Las obras representan lugares conocidos –la realidad que nos rodea es aquella que mejor podemos trabajar y hacer objeto de nuestras reflexiones- pero no se someten al tópico. Prados, bosques, montañas, ríos y masías trascienden su categoría y se nos presentan en su individualidad. Jordi Isern capta la importancia de cada momento, único y valioso, y nos hace llegar, mediante el instrumento del arte, la noción de la belleza, hecha equilibrio, armonía y paz.



EL SENTIDO DE PERMANENCIA EN LA OBRA DE ISERN, por Josep M. Cadena

Los paisajes de Jordi Isern son amplios y, a pesar de todas sus grandes panorámicas, tienen la emotiva intensidad del detalle. Cuando los contemplamos sentimos el frescor de vida que hay en la hierva que crece en el margen de los campos y nos complace ver en el fondo la tibieza de unas casas de pueblo mientras una suave neblina nos envuelve. Y sin dejar de ser muy conscientes de que cuando me refiero a su obra tengo la conciencia de que hago servir expresiones con gran carga poética que nos sitúan en un mundo de sueños, también tengo la firme creencia de que con sus cuadros él nos permite llegar a hacer tangibles las realidades en que, a pesar del cambio de costumbres y modas, aún son básicas dentro de nuestra vida colectiva.

La pintura, toda pintura, piensen lo que piensen los que realizan sus obras con afán de innovación y de encontrar nuevos ámbitos de proyección individual y social a la vez, es la afirmación de las realidades íntimas de cada persona, empapadas por el sentido de pueblo y de país. Y no es necesario que cada artista se ponga a demostrarlo de una forma consciente y con voluntad de enseñante que guía y enriquece la mente de los que siguen lo que hace. Tiene suficiente con seguir sus impulsos, de acuerdo a unas técnicas que ha aprendido y que constantemente mejora porque así debe ser, pero que no son ni de largo la finalidad última que les guía. Y eso es lo que hace Isern con su pintura, basada en el amor a las cosas sencillas de nuestro entorno habitual, que ha ido creciendo de una forma que parece espontánea y cada vez improvisadamente nueva, pero que responde a una guía segura y bien delimitada, que está en lo que ahora los científicos dirían que es nuestro ADN y que, explicado de una forma que considero más llana, es lo que hace que seamos como somos y permite que nos reconozcamos entre nosotros y, sin que esto sea ningún inconveniente, nos podamos entender con muchas más personas si estas tienen, igual que nuestro yo común, la voluntad de hacerlo.

La pintura de Isern es, aparentemente, plácida y tranquila. Cada cosa se encuentra en el lugar que le corresponde y el conjunto forma una sinfonía de colores y de formas que armoniosamente se combinan. Parece que no pase nada en ella. Pero no nos dejemos engañar nunca por las apariencias. Hay en ella una exigencia, un temple de vida interna, de exigencia de permanencia y de continuidad que es la que le da su verdadero sentido de obra de arte que busca conectar con el prójimo y hacer que sea consciente de sus posibilidades para encontrar en la hermosura de las cosas una norma de superior existencia. Creo que, si con la mirada limpia lo buscan en ella, lo encontrarán.

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