J. L.       Jardí

JUAN LUÍS JARDÍ y su constante entrega a la obra bien hecha

Esta es la primera vez que la pintura de Juan Luis Jardí (Barcelona, 1961) está presente en la Sala Rusiñol de Sant Cugat. El pintor llega cuando su obra, que comenzó a levantar desde muy joven y que sorprendía porque era la de un niño prodigio de la figuración plástica, ha llegado a ganar un alto grado de maduración. Y dentro de ella resulta obligado destacar que, como artista, su autor se ha mantenido dentro de una misma línea de explicación del entorno que le es propio y al cual nunca ha querido renunciar. El mundo de la infancia, aquel en el que la persona que crece, desde el interior, se sorprende de aquello que ve y a la vez lo hace suyo con el afán de entender las diversas caras de una misma realidad. De aquí las trilogías de un mismo observador e incluso la cuatrilogías de los seres humanos contemplados desde las acciones externas para encontrar sus diferentes reacciones.

El paisaje de cada cuadro, aquel donde actúan las figuras, es único a partir de todas sus particularidades, minuciosamente captadas. Jardí no tiene ninguna duda respecto al entorno que escoge, sea un paisaje nevado, muy propio en los momentos en que nos encontramos, una playa o un espacio urbano. Y tampoco duda de que el espectador –en primera instancia él mismo, pero también pueden ser otros que existen o imagina- quiera integrarse en el conjunto, pero a la vez tiene diversas maneras de hacerlo y él desea representarlo para entender las diferentes opciones que siempre tenemos.

Cada ser humano duda y gracias a esto puede encontrar el camino más adecuado para avanzar hacia su mejora. Se equivocaría si no dudase, aunque tiene que hacerlo de manera positiva, siempre dispuesto a encontrar el atajo más útil que le salga al paso. Y para hacerlo, Juan Luis Jardí nos da, generoso, las pistas con sus cuadros.

Intensamente concentrado en su obra, el artista siempre quiere sentirse seguro de lo que dice. Y aunque es de naturaleza callado cuando se relaciona directamente con la sociedad, resulta ampliamente explícito cuando, entregado del todo a la pintura, busca por medio de sucesivas matizaciones, la luz, intensa y clara, que hay al final del laborioso proceso al que somete cada cuadro que pinta. Tiene un don natural que sabe administar en su constante búsqueda de la verdad humana.

José Mª Cadena

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