KOYAMA

EL CADAQUÉS ESENCIAL DE KOYAMA, por Josep M. Cadena


Recuerdo afectuosamente al pintor Koyama (Osaka, Japón, 1940) de algunes exposiciones suyas en Barceloba. En especial las que hizo en la Pinacoteca, entonces llevada por Rafael García –heredero del afectuoso apelativo El pinacoteco que habían dado a su padre los seguidores de las salas de arte-, en los años 1983 y 1991. Y también las que le organizó en el espacio que llevaba su nombre la galerista María Salvat, mujer de indudable buen criterio artístico, en los años 1989 y 2001. Por eso ahora celebro reencontrar al pintor en la Sala Rusiñol, desde donde Ignasi i Victoria Cabanas consiguen, con tenacidad y buen gusto estético, defender la bandera de la creatividad dentro de la corriente del realismo.

Koyama conoció Cadaqués por primera vez en los inicios de los años 70, cuando desde París llegó por casualidad haciendo autoestop. El famoso pueblo ampordanés, el geográficamente más oriental de Cataluña, ha sido pintado por gran número de artistas de renombre como Salvador Dalí –que tuvo ocasión de contemplar los cuadros de Koyama, y se los elogió-, Eliseo Meifrén, Albert Ràfols-Casamada y muchos otros. Nuestro pintor japonés también se sintió cautivado por esta población que, con la Sierra de Rodas detrás, ha vivido siempre de cara al mar, y quiso recogerla en sus telas.

El pintor de Osaka –en la isla de Honshu, en la desembocadura del río Yodo- conecta perfectamente con el Cadaqués marítimo. El núcleo urbano, espacio de civilidad que se recoge alrededor del templo que da cabida a la espiritualidad, destaca por la blanca luminosidad confrontada con las oscuras montañas que se alzan amenazadoras en la retaguardia. En la playa, el pescador solitario se enfrenta con la fragilidad de una caña de pescar a la inmendidad del mar y busca arrancarle los tesoros que esconde. La barcas, atraídas por la esperanza que siempre habita en el horizonte, se arriesgan a adentrarse en aguas abiertas y no temen los islotes similares a enormes ballenas que las rodean. Entre la montaña y el mar, los campos de olivos –primos hermanos de los cerezos japoneses- simbolizan la naturaleza amiga del hombre.

La pintura de Koyama es esencialista, busca y encuentra las verdades trascendentes que esconden las formas de la realidad, y que son las mismas en el Japón bañado por el mar de la China Oriental que el Cadaqués que mira al Mediterráneo.




Shigeyoshi Koyama nace en Osaka (Japón), en 1940. Veintidós años más tarde se traslada a Tokio, y poco después comienza su trayectoria como pintor. En 1970 realiza su primer viaje a París, donde pasa seis meses; desde allí se traslada a Cadaqués, población en la que permanecerá hasta finales del 82. Es durante este periodo cuando realiza su primera exposición en su país natal, concretamente en Tokio. Años más tarde, vuelve a Cadaqués, donde se instala, finalmente, el año 86. Ha sido un pintor muy vinculado a este pueblo empordanés desde que llegó.

La luz, que es como la mano reveladora de todo aquello que es visible, parece haber provocado al artista. Esta luz se encuentra en sus obras, pintadas –precisamente– en la Europa meridional y mediterránea, lugares que él parece haber escogido definitivamente.

Pero Koyama evidencia su tradición oriental en la propia concepción del espacio pictórico: no se plantea la perspectiva desde los cánones renacentistas, sino que desarrolla el tema desde la resolución de los planos. Por esto, en sus obras encontramos una manera distinta de presentar la realidad: no como la percibe el ojo, sino como la interpretan el conocimiento y la sensibilidad.

Trabaja indistintamente la técnica del óleo y de la acuarela. Su paleta se mueve entre los azules y los grises, pero no olvida los verdes y rojos, blancos y naranjas, que escoge según la hora del día y la estación. Según dejó escrito el crítico de arte Francesc Galí, se trata de un cromático abanico que le sirve para componer una pintura –inseparable del dibujo– que hace surgir de una combinación, sencilla y sabia, de manchas (...) que destacan y diferencian a las caligrafías (...) que complementan a las plásticas descripciones que argumenta.

Koyama sigue siendo el que era en sus orígenes: un pintor que, a partir de referentes concretos, crea ambientes, mundos, universos atemporales, que sitúa en Cadaqués, pero también en Barcelona, París, La Mancha, Albarracín, Sicilia... Y es este artista real e imaginario, oriental y occidental, figurativo y abstracto, el autor del que algunos críticos han denominado estilo Koyama, que no deja de ser una manera depurada y consecuente de percibir el mundo.



El SENTIDO COLECTIVO EN LA OBRA DE KOYAMA
por Josep M. Cadena (periodista y crítico de arte)

El Cadaqués que pinta Koyama es personal. Lo mismo pasa con sus visiones de Sicilia, que también nos presenta en esta exposición. Y de manera parecida –incluso idéntica- podríamos hablar de las obras que ha dedicado a diferentes lugares de España y de Europa que ha visitado y en los que ha residido algunas temporadas. Pero, a la vez, en todo aquello por lo que siente interés artístico hay un sentido participativo en el que todos los que creemos en el arte como medio de expresión de las mejores cualidades humanas nos sabemos encontrar.

Y es que Shigesyoshi Koyama, nacido en Osaka el año 1940, es un creativo plástico con fuerza expresiva universal en lo que se refiere a los sentimientos. Japonés por nacimiento y por cultura, nunca se ha quedado en la superficialidad de las formas sino que ha acertado en interpretar, de acuerdo a los principios fundamentales de su cultura, las características comunes que hay entre los humanos, sean de donde sean y vayan donde vayan.

Particularmente pienso que Koyama ha encontrado en Cadaqués – no el Cap de Quers, de piedras y rocas, como habitualmente se piensa, sino el puerto o bahía donde anclar cuando el Mediterráneo amenaza temporal, según la sugerente interpretación filológica de Joan Coromines, extraída del griego y, concretamente, de la Historia de Tucídides- el resguardo que le recuerda las impresiones primeras, aquellas en las que se fundamentan las formas de ser de las personas y sus formas de expresarse. Porque todo es diferente cuando lo vemos por primera vez y no nos paramos a analizarlo, pero todo es igual o muy parecido cuando buscamos las esencias. Y como Koyama ha escogido esta segunda vía, la más auténtica y la más difícil a la vez, para encontrarse a él mismo en estado de pureza vital, de acuerdo con las sensaciones de la infancia, también conecta con mucha facilidad con los niños que todos llevamos, afortunadamente, dentro.

La figuración de Koyama representa lugares geográficos, pero siempre en función de estados vitales. Sabe mirar y nunca pinta lo que ve, sino lo que siente. Por eso en sus cuadros hay siempre un sentido esquemático empapado de emotiva ingenuidad, que nos lleva a amar el concepto por encima de las formas. Estas existen, pero son como las palabras escritas de un poema, que leídas de acuerdo a su sentido primigenio nos llevan a hacer con los sentimientos propios un acto de comprensión colectiva.

Bibliografía: 

"Shigeyoshi Koyama, 1970-2005", de D. Giralt-Miracle, R. Santos Torroella, F. Galí y otros.

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