MALVEHY

EL EQUILIBRIO PICTÓRICO DE EDUARD MALVEHY, por Josep M. Cadena


La pintura de Eduard Malvehy, especialmente dedicada a la plasmación del paisaje, a pesar de ser muy variada en lo que se refiere a la captación de lugares y momentos ambientales, tiene unas comunes características estructurales que la sitúan en una concepción filosófica que nos ayuda a resolver de una forma agradablemente cartesiana las contradicciones que acostumbra a presentar la existencia, pues cada cuadro de este pintor, represente Cadaqués o Portofino, Nueva York o Amsterdam, unas coordenadas geográficas que habitualmente conocemos por proximidad o de las que sólo hemos oído hablar a personas que como el autor tienen la pasión del viaje como motor de nuevas sensaciones, nos da sensaciones agradablemente entendibles y nos proporciona seguridades.

Hace años que conozco la pintura de Malvehy y siempre he valorado muy positivamente su sentido del equilibrio, con colores y formas que son verdaderas lecciones de lógica dentro del presente y que nos tranquilizan de cara al futuro. Con su obra, él actúa con una cordura ordenadora del territorio y de la sociedad humana, y organiza asentamientos urbanos donde es possible crecer mediante el trabajo en común en el que hay espacios para el ocio y el descanso individual.

Limpia y pulida, la creación pictórica de Malvehy no deja nada al azar, si no que establece con claridad todo lo que quiere explicar de otras realidades vistas que él transforma en conceptos de belleza que siempre van más allá de lo que externamente describen. Porque, situados delante de sus cuadros, nunca nos debemos quedar en la fácil localización espacial y temporal. Hay que ir más adentro de su temática pictórica y dar la solución correcta a la ecuación de la vida que nos plantea. Porque Malvehy, aunque no lo parezca, siempre nos presenta incógnitas a resolver. Y para descifrarlas sólo hay que tener despiertos los sentidos de la sensibilidad y el buen gusto, y poseer una equilibrada voluntad de creer más en la cordura que en la locura, para parecernos lo más possible al artista y gozar mejor de la comprensión de su trabajo.



Nacido en Barcelona el año 1945, estudió pintura en Barcelona y París. El año 1972 realizó su primera exposición individual y, desde entonces, encontramos sus obras en las principales galerías nacionales e internacionales, especialmente en las de Europa y Estados Unidos. Ha obtenido diversos premios, entre los cuales podemos destacar la Medalla de Bronce de Sitges, 1976, la Medalla de Plata de Evian, 1983, o el Primer Premio en Aix-en-Provence, 1984. El año 1981 fue seleccionado para formar parte del Homenaje a Picasso organizado en Barcelona. Ha aparecido en numerosas críticas como la que le realizó Fernando Gutiérrez en La Vanguardia o la del crítico Rafael Manzano.

Eduard Malvehy es uno de los pintores actuales que ha sabido construir su propia geometría pictórica. La arquitectura de sus construcciones queda patente tanto en los paisajes urbanos de París, Amsterdam y en los que últimamente dedica a Nueva York, como en los bodegones o en los puertos pesqueros. Plantearse la obra con rigor intelectual, quizá, es una de las claves que ayuden a entender una pintura como la suya que se muestra rodeada de silencio, poesía y casi misterio, y donde la linealidad de las formas no quita ningún protagonismo a la luz.

EQUILIBRIO Y ORDEN EN LA PINTURA DE EDUARD MALVEHY, por Josep Mª Cadena

En estos tiempos de confusión y cuando un nuevo año comienza, creo que la obra pictórica de Eduard Malvehy nos ayuda a encontrar la necesaria serenidad e, incluso, la imprescindible voluntad de superación que necesitamos para ir más allá de los retos que nos rodean. Él lleva años manteniendo su posición de equilibrio, tanto en la construcción de las formas como en el color con el que les da cuerpo, consiguiendo así un excelente soporte para que nuestro pensamiento se fortalezca y tenga una forma segura para progresar.

En la obra de Malvehy es factible encontrar las positivas referencias sobre lo que hemos visto en diferentes viajes, junto a lo que hemos aprendido en diversas lecturas sobre el mundo que nos rodea. Con esto deseo decir que es una pintura realista y a la vez culta, hecha sobre experiencias relacionadas con los lugares que el artista visita y quiere e hijas, en última instancia, del pensamiento que ha construido sobre los mismos para darnos originales motivos de reflexión. Innova a partir de lo que colectivamente sabemos porque es fruto de generaciones que han decantado sus conocimientos, de acuerdo a las necesidades prácticas que se tenían, pero también establece nuevos y positivos ambientes.

Eduard Malvehy es personal, sin ningún tipo de esfuerzo para serlo. Siempre actúa con naturalidad y pinta de una forma tranquila. Hay verdadero esfuerzo en lo que hace, como es lógico e incluso necesario que pase, pero se expresa con la serenidad del agua que pasa por un riachuelo, lejos ya del brotar de la fuente que rompió la piedra para nacer y de la que tiene clara conciencia de proceder. Consigue en su pintura que las cosas pasen con orden, sin tensiones que se decanten hacia un lado o hacia otro. Sirve al conjunto y se hace intérprete del mismo porque sabe de su trascendencia de futuro. Por eso, a pesar de que recuerda el pasado y siempre actúa sobre el presente en que vive, mira hacia el futuro que tiene que llegar.

Así, cuando como pintor se fija en la cerámica y establece composiciones propias, estas nunca son naturalezas muertas, si no que con la diversidad de formas que reúne para construir cada cuadro, estos viven y nos acercan a una sociedad que, hecha con elementos muy diversos, sabe organizarse para poder llegar a ser mejor.

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