Ramon VILANOVA

LA EXCELENCIA PICTÓRICA DE RAMON VILANOVA, por José Mª Cadena


Toda exposición de Ramón Vilanova (Caldes de Montbui, Vallés Occidental, 1947) constituye un gozo para el espíritu en el que las imágenes y los colores tienen la virtud de captar la esencia de la Naturaleza que nos rodea. Este pintor plenamente catalán triunfa allí donde exhibe sus obras –ya sea en España como en Estados Unidos- porque explica las verdades de su entorno, que resultan ser las certezas que nos encontramos en todas partes a la vista del ojo sensible.

Ramón Vilanova ha expuesto en diversas ocasiones en la Sala Rusiñol de Sant Cugat, y ahora vuelve cuando la galería cumple su treinta y dos aniversario de vida. Una cifra conmemorativa que no es redonda pero sí merecedora de celebrarse porque da fe del compromiso constante en el tiempo de Victoria y Ignasi Cabanas en la divulgación de la manifestación artística, que es motor de perfeccionamiento personal y social. Sala de arte y pintor casan perfectamente en la coincidencia de esta efeméride, porque ambos comparten que afrontan su trabajo desde la honestidad y la voluntad de que su pasión personal trascienda como servicio a la sociedad.

El paisaje es el protagonista de las telas de Ramón Vilanova, un tema que nunca se agota, pues no solo los árboles, las plantas y las flores pueden tener mil formas, sino que los elementos como ahora las estaciones del año y la luz del sol modifican su apariencia. A la vez, el artista sabe utilitzar la Naturaleza como un espejo que refleja los estados de ánimo, las inquietudes y las ansias del ser humano que la observa, pues, al fin y al cabo, nosotros somos el misterio más grande que nos preocupa, y es bien propio de la persona que no se conforma con pasar por la vida sin intentar responder a las preguntas más trascendentes, procurar comprender lo que tiene delante para acabar entendiéndose a si misma.

En los cuadros vemos la vegetación que crece libre, tan solo obedeciendo a su impulso exuberante, inundándolo todo con su vitalidad sin fin, pero también nogales que han sido domesticados por la mano del hombre que explota sus frutos y su madera. Y descubrimos que el bello estallido de unas grosellas puede aparecer en el rincón más humilde de un prado.

La Sala Rusiñol y Ramón Vilanova transitan desde hace tiempo por el camino de la excelencia, ¡celebrémoslo y disfrutémoslo!



LA PINTURA VITAL Y ESTIMULANTE DE RAMÓN VILANOVA, por Josep M. Cadena

Si sólo nos queremos fijar en los aspectos exteriores de las actividades humanas, podemos pensar que el pintor Ramón Vilanova (Caldas de Montbui, Vallés Occidental, 1947) siempre va en busca de nuevos temas para pintar y que, finalmente, cansado de caminar por campos y de saltar incluso setos con el ansia de encontrar aquello que le sea desconocido, acaba fijándose en temas que ya conoce. Y no es así. El artista, anda que andarás, va por la Naturaleza con el afán de conectar con todo aquello que le viene de lejos y que lleva desde mucho antes en su interior y que, finalmente, encuentra, en unes variaciones que a otros resultarían imperceptibles, en unas amapolas que crecen entre los cereales; en unos lirios, azules, morados o amarillos, que aparecen en un rincón por el que tiempo atrás había transitado sin encontrar nada; en unos almendros que florecen fuera de temporada porque la bonanza del tiempo les ha engañado; en unos girasoles que se abren de una forma diferente, aunque naturales en su objetivo de encararse a la luz; en unas olas que se rompen en un dibujo de espumas que hasta entonces nunca había visto, pero sí intuido; o, más sencillamente, en una planta que brota en la tierra puesta porque sí dentro de un cubo de pozo agujereado por el mucho uso y al que se le ha encontrado pervivencia en una nueva destinación improvisada para conservarla vigente en el huerto de la casa familiar... Y es que Vilanova, hombre en general callado y que cuando habla dice muy pocas palabras, nunca para de hablar de él mismo sin mediar palabra. Interiormente analista de las sensaciones que no dejan de llegarle en todo lo que le rodea, mira, palpita y, finalmente, siente el placer de encontrarse con lo que desea, que es lo mismo que con lo que soñaba, pero que siempre es diferente en su realización.

El pintor desea que el tiempo pase, que el día y la noche se sucedan, porque cada luz que llega es, a pesar de lo que puedan pensar los que creen en la inmutable secuencia de las estadísticas, diferente en sus detalles y él, a quien le gustan los cambios que no lo parecen, sabe que a cada instante que pasa se produce una conmoción que lo cambia todo sin que nada parezca moverse.

En el fondo, la pintura de Ramón Vilanova es de temporada cuando él la produce, pero queda fijada para siempre una vez se ha convertido en cuadro. Deseo decir con esto que nunca pinta en subordinación a la obra que ha hecho antes, si no que necessita del contacto directo con los hechos naturales, para que los mismos le den nuevos estímulos. Como cuando –pongo un ejemplo, pero en todos los que puediera relacionar pasa igual- se pone delante de unos árboles y se fija en sus cortezas y explica con ellas el tiempo que hace y como lo afronta aquel ser vivo leñoso, tal y como lo podemos hacer nosotros cuando tenemos las mejillas rojas por el frío o bien vamos con ropa ligera porque es verano y hace calor.

La poesia del vivir llena el corazón de este artista y pasa directamente a su cerebro para que este mande a la mano que lleva el pincel.... Los actos de Vilanova son instintivos, pero altamente racionales en sus orígenes. Y a la manera de Jacint Verdaguer, cuando en uno de sus Idilios escribió como girasol amado por vos giraría, espera a que sea el momento propicio para que aquella planta gire sus flores hacia la luz para viajar con ellas hacia el infinito de las verdades a las que quiere acceder de la forma más sencilla posible, pero con total firmeza. A la vez, cuando se encuentra con las amapolas, experimenta en su interior –sin saberlo por la lectura de Gabriel Alomar, que escribió ya hace muchos años- que tienen una rojez frenética y se vuelca plenamente en ellas porque lo siente como una necesidad colectiva.

Con esta exposición de Ramón Vilanova acierta una vez más la Sala Rusiñol, que la presenta. Es un magnífico traspaso de año y una forma muy oportuna de felicitar las Fiestas de Navidad y Fin de Año. Se va el 2013 y llega el 2014; se cierra un ciclo de doce meses y se abre otro igual en sus estructuras de calendario, pero que es un futuro que deja atrás el pasado, con la voluntat de que el presente diario sea major. Y creer que esto pasará nos ayuda con mucha eficacia la obra de Ramón Vilanova.





Nació en Caldas de Montbui (Barcelona) el año 1947. Comenzó a pintar de forma autodidacta a los dieciseis años. A partir del año 1973 ha expuesto de forma continuada no sólo en Cataluña sino también en el resto de España y en el extranjero, recibiendo importantes premios de pintura. También ha formado parte de exposiciones en museos de Francia, Alemania y Estados Unidos, país éste último donde su obra goza de un gran prestigio.

Como ha dejado escrito el periodista y crítico de arte José Mª Cadena en el libro que acompaña esta exposición:

Ramon Vilanova tiene muchas virtudes humanas y pictóricas. Creo que las primeras han generado a las segundas, ya que artísticamente es autodidacta y se ha hecho a él mismo como pintor que ama la vitalidad que constantemente manifiesta la Naturaleza.

Para él no hay ningún aspecto del paisaje que no sea motivo de entusiasmo en lo que se refiere a la cratividad; especialmente aquellos más humildes y escondidos, que en principio no parecen tener ningún tipo de grandiosidad. Sin embargo, él sabe encontrarla en las hierbas de los caminos, en la zarza y en los espinos, en la flor que ya se marchita y en la hoja que pasa del verde más ufano al amarillo otoñal.

Visiones amplias de lo que es pequeño, pero que tiene la autenticidad de la lucha por la supervivencia a partir de las propiedades vitales -y aún aquí añadiría el calificativo de morales, en el sentido de aceptar la propia ética del existir- que se van perpetuando desde tiempos muy lejanos.

El pintor es instintivo, pero siempre sabe escoger lo que es mejor para que el canto a la vida que constituye toda su obra crezca y se extienda a partir de la seguridad que da el arraigo a la tierra. Porque los colores y las formas -impulsivos los primeros i arboladas las segundas- de Ramón Vilanova vienen de que hay una savia, un aprovechamiento de las potencias y una perfecta adecuación a los lugares donde cada cuadro realiza su acción de vivir por él mismo y, a la vez, comunicar, a aquellos que lo miran, las ganas de seguir haciéndolo.

Ésta exposición de Ramón Vilanova nos llega cuando, como por fortuna pasa todos los años, nos encontramos en el círculo navideño. Éste es de celebración en las familias, de recapitulación sobre aquello que hemos hecho por el prójimo y por nosotros mismos y de esperanza y proyección hacia el futuro. Y esta triple visión se encuentra en la obra de nuestro pintor, que nos describe situaciones muy cercanas a aquello que tenemos como habitual, nos ayuda a pensar sobre la permanencia de lo que es auténtico y nos da fuerzas para continuar dentro de la trayectoria que sabemos correcta o para rectificar si nos hemos equivocado.

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