Benet SARSANEDAS

CONSTANTE VOLUNTAD DE PROGRESO EN LOS PAISAJES DE BENET SARSANEDAS


En los paisajes de Benet Sarsanedas (Rupit, 1942) hay un deseo de encuentro con la Naturaleza, entendida ésta como una permanente afirmación de la existencia. Las obras describen la forma externa de los elementos naturales a la vez que captan sus instantes internos de pleno crecimiento vital. El pintor, cazador de ojo vivo con talante paciente para acertar mejor a las becadas cuando levantan el errático vuelo, vuelca sus conocimientos de hombre del campo en la realización de unas pinturas que extraen de la realidad que nos rodea una exigencia de futuro mejor. Buen conocedor de la tierra, que quiere representar en toda su magnificiencia, entiende el cielo como una inspiración lumínica a la que es necesario llegar no como una meta que una vez alcanzada resulta el final de todo, si no como un nuevo inicio en la lucha por la perfección.

Amante de la geografia catalana, también ama las comarcas europeas, y la presente exposición es el testimonio pictórico de un viaje que comienza en su pueblo natal, pasa, entre otros lugares, por la Vilella Baixa, el Cap de Creus y Salamanca, y, ya fuera de la península, llega hasta la italiana Chioggia y la noruega Alesund. El agua que hermana la tierra está muy presente, prácticamente siempre tocando con unas casas en comunión con el entorno que muchas veces rodean un campanar de iglesia que apunta más allà de las nubes. En la muestra, que el artista ha titulado Norte-Sur, la diversidad de los dos hemisferios presenta un nexo común de unos mismos anhelos humanos que nos igualan en todas partes y que deberían ser motivo de entendimiento y concordia.

Benet Sarsanedas transforma la llama de ideales que quema en su interior en paleta de colores que crea obras que impulsan hacia la universalidad. El autor, de ánimo inquieto, nos transmite sus certezas y sus dudas, y nos invita, mediante unos cuadros que recogen belleza, a avanzar en compañía pero en silencio por el camino de la superación de la materialidad que lleva al alcance de la espiritualidad.



PERMANENTE VITALIDAD EN LA OBRA DE BENET SARSANEDAS, por Josep Mª Cadena

La pintura de Benet Sarsanedas es aérea. En sus cuadros, siempre centrados en la representación de la belleza tangible, encuentro el aliento del viento que pasa, que mueve rítmicamente la hierba del campo y las aguas del mar para que todo sean olas; la ligera brisa que hace tintinear las hojas de los árboles y estimula la mirada cuando vamos por el bosque y un rayo de sol nos caldea los pensamientos; e incluso el oreo que, situados en lo alto de una cima, nos permite sentirnos arriesgados viajeros por el amplio espacio interior aún por descubrir. Y aunque no soy amigo de excursiones y desconozco los placeres de la caza –en cambio él es hombre de piernas ligeras y de amplios conocimientos sobre como levanta el vuelo la becada-, siempre que veo su obra, sea de su Collsacabra o de tierras lejanas, pienso en los placeres que da la Naturaleza cuando la acaricias con ojos amorosos y te entregas a ella como la representación, dentro de sus grandes espacios, de lo que es el espíritu de la existencia.

Nacido en Rupit, pueblo encantado y encantador, Benet Sarsanedas practicó en sus primeros años el oficio de carpintero, que le vino por tradición familiar. Entonces demostró que era persona hábil con las manos y ágil con la mente. También fue unos años seminarista en Vic y abrió su mente a la cultura, que no es tanto saber muchas cosas sueltas, sino saberlas unir para pensar con propiedad sobre todo lo que pasa alrededor. Y ya de pequeño era astuto, virtud humana –es virtud y no defecto- que siempre le ha acompañado para saber captar el sentido de la materia. Esta, sin la fuerza vital que le anima no sería nada y él, ya pintor, desde hace décadas sabe introducirse en ella para encontrarle toda una serie de gracias dinámicas a la vez que mutantes.

Muy personal en su forma de pintar, Benet Sarsanedas nos llega a todos como un hecho propio y bien natural, como si nos saliera de dentro cuando en realidad nos llega de fuera. Es decir, el artista es él, pero actúa de forma que todos nos sentimos protagonistas de lo que nos explica con la vitalidad de sus formas, vistas por medio de los colores. En ningún caso quiere impresionarnos con la bien trabajada sencillez con la que se explica, pero de inmediato nos hace suyos cuando despierta nuestros sentimientos con lo que él, antes, ha ido experimentando. Personalmente creo que va dejando, generoso y vital como es, parte de él mismo en cada cuadro que hace. Una parte a la cual no pone medida y que revive cuando, como ahora, nos la ofrece en cada una de las obras de esta exposición.

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