CAMBERRA -AUSTRALIA, 1982 Azcón

Su paleta de color no deja a nadie indiferente y causa admiración al espectador por su gran base técnica y sus dosis de vitalidad y fuerza.
Su obra se inscribe, por tradición, en la vertiente informalista de la pintura y, más concretamente, en la escuela catalana.
LOS COLORES SECRETOS DEL PI D’EN XANDRI
por Josep M. Vallès, Alcalde de Sant Cugat del Vallès
Cuando contemplamos el Pi d’en Xandri, no sólo vemos un árbol monumental que ha resistido el paso del tiempo, sino también un símbolo de historia, memoria y lucha colectiva. Con sus 250 años de vida, el Pi d’en Xandri es testigo de la resiliencia de un pueblo que ama su entorno y defiende su patrimonio natural. Ahora, gracias a la mirada sensible y vibrante de Carles Azcón, podemos descubrir los colores secretos que este árbol icónico esconde y nos regala a quienes lo sabemos observar con atención.
Conocí a Carles hace más de un año, y desde el primer momento me cautivó su compromiso con el arte y con la naturaleza. Como profesor de arte en Sant Cugat, transmite a los jóvenes la importancia de la creatividad y de la conciencia ecológica, valores que después traslada a su obra con una fuerza extraordinaria. Con su trazo libre y el uso expresivo del color, nos transporta a un universo en el que la belleza y la conciencia ambiental van de la mano. Su capacidad para transformar la tela en un espacio de reflexión nos recuerda que el arte, además de emocionar, tiene el poder de despertarnos.
La propuesta de la Sala Rusiñol y de este artista santcugatense de plantar un árbol por cada cuadro vendido de su exposición «El gran verde» es un gesto cargado de simbolismo y responsabilidad. Es el ejemplo perfecto de cómo el arte puede ser motor de cambio y cómo cada acción, por pequeña que parezca, suma en la protección de nuestro planeta.
Esta nueva exposición es un homenaje al Pi d’en Xandri, a la vez que es una oportunidad para mirar nuestro entorno con unos ojos nuevos. Que estas obras nos ayuden a redescubrir la belleza que nos rodea y entender que está en nuestras manos preservarla para las generaciones futuras.
BIOGRAFIA:
Hijo de padres catalanes, nace en Camberra, Australia, en 1982. El hecho de viajar y ver lugares completamente diferentes desde muy pequeño marcaron profundamente su visión del mundo y la influencia de su pensamiento artístico.
A los 9 meses de edad viajó a Europa, concretamente a Granollers y Barcelona, donde vive hasta los 9 años. En 1991 él y su familia se trasladan a Bruselas, Bélgica, durante cinco años. Cursa la educación primaria en la Escuela Europea de Bruselas, y allí es donde empieza a tener interés por el arte y especialmente por la pintura.
En sus viajes a las afueras de Bruselas y países vecinos se deja influenciar por sus paisajes y museos. Durante estos años asiste a clases de dibujo y pintura observando la naturaleza.
A los 14 años vuelve a Cataluña. Recibe clases de arte durante 4 años en el Estudio de Arte Jordi Aligué. En 1999 cursa el Bachillerato Artístico en el IES Celestí Bellera, en Granollers. Inicia el primer año en la carrera de Historia del Arte, pero continúa cursando un grado superior en la Escuela Massana de Barcelona (donde obtendrà la titulación de técnico superior en Artes Aplicadas al Muro), perfeccionando su técnica pictórica y dirigiendo sus intereses personales hacia la pintura.
En 2006 regresa a la facultad de Bellas Artes de Barcelona, cursando el itinierario de pintura. Paralelamente durante dos años (2006 – 2008) entra en el proyecto de Off Massana, un proyecto que vincula la Escuela Massana y el Pueblo Español de Barcelona.
En 2010 se licencia en Bellas Artes en la UB. En 2011 obtiene el máster de creación artística: “realismos y entornos” que le permite madurar el trabajo realizado anteriormente y presentar como proyecto: “La pintura como fotosíntesis”, una analogía poética entre el proceso biológico y su proceso creativo.
Su obra refleja su gran potencial artístico al crear simbiosis entre el mundo y la pintura.
Consecuente con el linaje de sus maestros (Joaquim Chancho, Gerard Sala, Albert Gonzalo, Jordi Aligué y Lluís Capçada), su obra se inscribe, por tradición, en la vertiente informalista de la pintura y más concretamente en la escuela catalana. Su paleta de color no deja a nadie indiferente y causa admiración al espectador por su gran base técnica y sus dosis de vitalidad y fuerza.
Ha realizado exposiciones en galerías de arte de Cataluña y también internacionales. Además, ha sido seleccionado en concursos de arte y ha ganado diferentes premios y menciones en el ámbito nacional. Su trabajo forma parte de colecciones privadas y de coleccionistas contemporáneos de Europa y Estados Unidos.
EL GRAN VERDE
por Anna Tamayo
Verdes y azules de color de agua inundan la mirada de un espectador sediento de recursos naturales en los que poder sumergirse. Cromatismos que remiten a tiempos y espacios mucho más amables, en los que la armonía se convierte en equilibrio en sus representaciones.
Cartografías o vistas aéreas donde el lento viaje de las nubes al marcharse, nos deja adivinar frágiles rosas miedosos de las heridas del progreso incontrolado.
Geografías conteniendo mundos de masas verdes en las que se vislumbran lagos y ríos, deltas también y en los que la intensidad del azul se funde con una fértil orilla.
Cuando el autor acerca la mirada, nos presenta esa misma orilla animada, en este caso, por el ruido de la vida que la habita. El ritmo de un feroz rojo equilibra su pasión con una vibrante pincelada azul, apaciguando así la colisión, y convergiendo en una densa y turbadora agua de chocolate bañándola, a la vez que nos habla del espejismo de anticipar un traje de fiesta a unas ideas preconcebidas.
Unos troncos representados con la aparente facilidad de un trazo rápido nos sugieren la inabarcable sospecha del grosor a la que dan entrada. Estas formas, nos dicen con su verticalidad que gestan su crecimiento al nutrirse y beber de las profundidades, llenan después nuestros ojos de espectadores en su estado intermedio, donde bailan con los exuberantes elementos representados en este mosaico natural y frondoso. Por último, buscando las alturas de un cielo a menudo indiferente a la grave parsimonia y difíciles acrobacias necesarias de este proceso mudo. El aplomo de las contorsiones a las que están acostumbrados con regularidad frecuente, es testigo de la necesaria concordia entre posturas divergentes.
Podemos ver en esta muestra grandes formatos, cuadrados, rectangulares o redondos, donde perdernos entre el follaje frondoso. Culminando así el deseo de fundirnos con algo capaz de absorber nuestras inexactitudes y dudas, nuestra necesidad de devolver y tener cerca lo que nos recuerda cuál es la ecuación primera. La que hizo nacer una serie de eventos a preservar. También podemos admirar pequeñas píldoras de El Gran Verde fruto de condensar y destilar esencias inamovibles.
La pintura de Azcón promueve una reflexión en torno a la naturaleza y lo acostumbrados a su supervivencia. Damos por sentado la existencia de un futuro donde este equilibrio todavía existe en nuestro imaginario. Damos por hechas demasiadas cosas…
Las aguadas de las obras del artista nos hablan de su fragilidad en un entorno que no les es favorable. Unos tímidos trazos amarillos apuntando un cielo despejado, claman por la reconciliación en un grito, resultando oración en sus reivindicaciones, ya que tan sólo le mueve el afán de las decisiones tomadas en nombre de un hipotético futuro. Es en este punto de colisión, donde los trabajos pictóricos de Azcón resultan tanto en un margen en el que todavía podemos saborear la posibilidad de disfrutar del entorno como en alarma sonando agónica recordándonos el deber asumido en nombre de la preservación.
El color verde históricamente se ha asociado a distintas referencias:
En la civilización del Antiguo Egipto, por ejemplo, se le daba una connotación muy positiva, significaba el concepto de regeneración y nacimiento. Como anécdota, normalmente se pintaban alrededor de los ojos, tanto de vivos como de muertos, de color verde para protegerse de los malos augurios y en las tumbas también se han encontrado multitud de amuletos de ese color, en el jeroglífico simbolizante la palabra verde representa un creciente brote de la flor del papiro, que nos demuestra la estrecha conexión que hacían entre el color verde, la vegetación, el vigor y el crecimiento.
En la Europa postclásica y la Europa moderna era común asociarlo con riqueza, y lo vestían los mercaderes, banqueros y aristócratas, mientras el rojo era reservado por la realeza. Por esta razón, el traje de la Mona Lisa es verde o el de la novia del cuadro «El matrimonio Arnolfini» de Jan Van Eyck, o los bancos donde se sientan en la Cámara de los Comunes inglesa, al contrario que la de la Cámara de los Lores, la cual es roja.
Psicológicamente, es un color asociado a personas equilibradas, serenidad, calma.Simbólicamente, es signo de dar paso o aprobar alguna decisión, basta con pensar en la expresión «dar luz verde» a algo… es un signo asociado a un color, que ha viajado hasta nuestros días… Las habitaciones de hospitales, salas de centros sanitarios, muchos productos farmacéuticos o relacionados con el medio ambiente también están pintados de este color…
Es un color del que se han teñido muchas banderas, la más cercana, la Irlandesa, que ha hecho de ese color el referente de su territorio.
A día de hoy, el verde se asocia con movimientos políticos ligados al cambio climático o a la sensibilización hacia la naturaleza.
Es un color viajero, y en su andar por diferentes lugares, personas y tiempos se le atribuyen connotaciones ligadas a la época o a lo que evoca el color en sí.
Pendiente del hilo de la mirada ajena a través de las nieblas de los tiempos, ha llegado hasta nosotros. Con esta exposición, titulada «El gran verde» por Azcón en el día de hoy y sabiendo lo que sabemos, podríamos jugar a reemplazar la palabra verde de su título por palabras que han tomado su significado en la antigüedad: podríamos llamar así : «El Gran Regenerador», «El gran nacimiento», «La gran riqueza», «El gran sereno», «El gran equilibrio»…
En mi opinión, aparte de lo que haya simbolizado históricamente o de las connotaciones que se le hayan atribuido, a día de hoy, para mujeres y hombres contemporáneos es más fértil y sencillamente más efectivo dejarse diluir entre la poesía propuesta por Azcón, zambullirnos plenamente en este «Gran Verde», dejándonos acunar por las sensaciones, donde Esmeraldas, «verdes limas», «azules de cobalto», cuidadosos «blancos de marfil» y «amarillos de Nápoles» señalan mudos como es de perenne en su cita, la benéfica filtración de la luz entre la espesura de un bosque fértil y generosamente abundante.
Unas sombras dibujadas en el agua densa, atestiguan la claridad entre las hojas y pintan la necesidad de que este momento representado en las obras de Azcón no se convierta sólo en una mirada a un pasado remoto, como en modelo de convivencia.
COLLSEROLA RESPIRA Y LATE
por Asha Miró (escritora y presentadora de TV)
Respira bajo el dominio del azul, entre la ciudad que se avoca al abismo del asfalto y la tierra que, terca, persiste en su verde resistencia. Es un cuerpo antiguo, un organismo de savia, silencio y memoria que nunca se ha rendido. Un linaje que ha visto nacer y morir culturas e imperios, y que nos recuerda, en cada amanecer, de dónde venimos: de un mundo donde el verde era todo bosque y nosotros, sólo un sueño entre las hojas.
En la pintura de Carlos Azcón, el verde deja de ser un simple color para convertirse en un latido. Es el verde de la semilla que se despierta, el verde que custodia la memoria de la primera luz sobre la hoja tierna. Un verde que no se mira, sino que se siente; un verde que es, a la vez, origen y refugio.
Azcón no copia la naturaleza; la siente, la inhala y la traslada a la tela como una verdad innegociable, donde la pintura se convierte en un espacio de contemplación, pero también de conciencia.
Cada tela es un fragmento de este inmenso pulmón que abarca el cemento del área metropolitana, una frontera natural que equilibra el área urbana y amortiza nuestro impacto. Collserola no es un pintoresco decorado; es una presencia palpitante, la naturaleza que resiste en el núcleo de nuestra propia piel, un refugio climático imprescindible en tiempo de emergencia ambiental.
Los árboles se levantan como cuerpos sensibles. Son arquitecturas de fragilidad y fuerza a la vez: estructuras esenciales, redes invisibles de conexión que filtran el carbono y regulan la temperatura, sosteniendo la vida sin hacer ruido. Sus ramas se elevan con una delicadeza empeñada hacia la claridad, capturadas en cada pincelada que explora la dualidad entre raíz y aire, entre sombra y luz.
En ellos habita la lección de la vida: la potencia de crecer y la sabiduría de saberse vulnerable. Como una visión de equilibrio, surge la imponente figura del Pi de Xandri símbolo de trinidad vital y de fuerza persistente.
La fauna es la mirada que nos interroga. Azcón pinta a los habitantes de este bosque con una ternura y un realismo conmovedores, como quien retrata a un familiar discreto. La vida salvaje se despliega por la tela, atenta y viva: el zorro, con su pelaje que atrapa la sombra, atraviesa el cuadro con una elegancia muda; el pájaro suspende el tiempo un instante, con la precisión que nos hace sentir el latido de su babero antes de emprender el vuelo sobre el sotobosque. Más allá, la presencia rotunda del jabalí se hace materia, moviéndose con paso firme por la tierra húmeda, mientras la fragilidad de los caviroles, escondidos entre las hojas, nos recuerda la ternura del bosque.
No son simples figuras; son memoria salvaje latiendo en la tela, metáforas de resistencia y fragilidad. Nos invitan a reconocernos como parte de ese mismo sistema vital del que formamos parte, donde compartimos territorio, respiración y un equilibrio a veces precario.
Azcón pinta como quien escucha el bosque. Su gesto es orgánico, una sedimentación de materia, formas, contrastes de azules y verdes que imita el poner de la tierra húmeda después de la lluvia. Su bio-pintura se despliega como un ecosistema donde las texturas vibran, donde cada trazo es energía y las copas que dibujan el cielo se vuelven aire.
Aquí la naturaleza ya no es paisaje, es pura esencia; un mensaje claro que sin árboles no existe ciudad habitable, ni futuro sostenible. Esta mirada sensible se adentra en la parte umbría del Tibidabo, un rincón de naturaleza viva donde la luz se filtra entre los árboles y la vida se esconde en cada sombra. Es en esta densidad vegetal donde surge la visión casi mística de una ermita perdida en medio del bosque, un refugio de silencio y contemplación donde el tiempo parece haberse detenido, recordándonos nuestra propia búsqueda de armonía y espiritualidad.
Collserola, nuestro pulmón verde es, en definitiva, una invitación a desnudarnos del ruido urbano. A respirar más lentamente, mirando hacia arriba. A reconocer el valor ecológico y emocional de nuestro entorno más cercano. A reconocernos en ese latido silencioso. A recordar, finalmente, que bajo el asfalto todavía late la tierra, y que protegiendo a Collserola, nos estamos protegiendo a nosotros mismos. Porque en algún lugar de nuestra alma, todavía crece un bosque.
Os invitamos a entrar, mirar hacia arriba y escuchar.

