BARCELONA, 1963 Abel Florido

Abel Florido ama la ciudad, y nos la presenta en blanco y negro, igual que ciertos artistas de la fotografía que ven en esta combinación binaria la mejor manera de plasmar con fuerza el mensaje desprendiéndose de las distracciones.

Perteneciente a una nueva promoción de pintores barceloneses, mediante un trazo espontáneo pero seguro y un uso dinámico de los encuadres, aporta una visión fresca y directa de las principales arterias de la capital catalana y sus viandantes.

LOS PAISAJES URBANOS DE ABEL FLORIDO

por Josep M. Cadena

Recuerdo con satisfacción, tanto por la temática como por la manera pictórica con que la trataba, la anterior exposición realizada por Abel Florido (Barcelona, ​​1963) en esta misma sala Rusiñol de Sant Cugat. Fue en los meses de junio y julio de 2016, y la muestra glosaba estéticamente el tráfico urbano, tanto de peatones como de vehículos, en Barcelona, ​​gran capital de Cataluña. El artista continúa profundizando ahora en este concepto pero de una manera más amplia, pues explora otros enclaves como Sant Cugat -su monasterio y su centro histórico- y avenidas de grandes ciudades europeas y  norteamericanas.

Reconocemos las arquitecturas ondulantes de la Pedrera, las formas de la cual, que toman por referencia a la naturaleza, chocan con el ruido de la vida moderna, en el que destacan las motocicletas apresuradas que zumbean en medio del avispero humano; la plaza del Pi, donde un café con un antiguo rótulo modernista nos invita a hacer una pausa de las prisas cotidianas en una de sus mesas; la plaza de las Glòries, en la que la torre de vidrio y acero de Jean Nouvel actúa de icono de nuestra idea de la modernidad; y el paseo de Gracia donde las grandes marcas exhiben sus productos en los escaparates de las tiendas.

En contraste con el ruido barcelonés, las representaciones de Sant Cugat expresan una calma que simboliza el monasterio, lugar de espiritualidad que nos incita a reflexionar sobre el devenir de nuestra existencia y a plantearnos el orden correcto de nuestras prioridades. La ciudad que ocupa una zona de la sierra de Collserola parece alcanzar un mejor equilibrio entre la imposibilidad de renuncia a los servicios modernos y la necesidad de un espacio que no resulte agresivo para el ser humano y le permita una vida sosegada en paz y bienestar.

Abel Florido es un pintor con empuje creativo, de trazo muy seguro, que combina perfectamente el blanco y negro con el color para ofrecernos unos cuadros que retratan nuestro día a día y que a la vez nos hacen reflexionar sobre el mismo, consiguiendo de esta manera lo que es exigible a un artista, que nos aporte una experiencia estética, la que pueda dar lugar a una mejor comprensión del mundo que nos rodea y de nuestra propia naturaleza humana, permitiéndonos ser mejores.

LAS VISIONES URBANAS DE ABEL FLORIDO

por Josep M. Cadena

Perteneciente a una nueva promoción de pintores barceloneses, Abel Florido (Barcelona, 1963), a través de un trazo espontáneo pero seguro y un uso dinámico de los encuadres, aporta una visión fresca y directa sobre las principales arterias de la capital catalana y sus viandantes. La Rambla y el emblemático Café de la Ópera, la Diagonal y la Casa de las Punxes, el paseo de Gracia y la Pedrera, y otros elementos urbanos como ahora los taxis negros y amarillos, las entradas de metro y los ciclistas, aparecen representados con tanto acierto que nos permiten sentirnos inmersos en medio del ajetreo ciudadano.

Los protagonistas de los cuadros somos las personas comunes que diariamente salimos de casa para atender nuestras obligaciones laborales, ir a comprar o encontrarnos con alguna amistad. Mientras caminamos no deparamos demasiado los unos en los otros ni en el paisaje que nos rodea. Es igual que pasemos cerca de un edificio patrimonio de la humanidad o de un o una joven elegante, en el monumento nos nos fijamos y al congénere le hemos borrado de la memoria a los pocos segundos. Por tanto, el color de nuestro deambular parece que tenga que ser el gris propio de las realidades anodinas.

Pero si en nuestro rodar por las calles sabemos mirar como corresponde entenderemos que cada hombre y mujer, lejos de ser un individuo sin personalidad relevante, constituye un mundo único de vivencias y pensamientos, que las piedras atesoran lecciones que los antepasados nos han legado y que la banderola colgada a una farola que anuncia una exposición del fotógrafo Chema Madoz es la invitación a alterar la ruta rutinaria y poco estimulante para encaminar nuestros pasos hacia experiencias que nos reconforten el espíritu.

Y es cuando tomamos conciencia de que la cotidianidad esconde tesoros cuando el gris empieza a transformarse en color. Abel Florido ama la ciudad, y nos la presenta en blanco y negro, igual que ciertos artistas de la fotografía que ven en esta combinación binaria la mejor forma de hacer llegar con fuerza el mensaje huyendo así de las distracciones, pero añade notas de color para indicarnos, como los idealistas de mayo del 1968 en París, que bajo los adoquines está la playa, a cada uno le corresponde encontrarla.

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