BARCELONA, 1963 Abel Florido

Abel Florido ama la ciudad, y nos la presenta en blanco y negro, igual que ciertos artistas de la fotografía que ven en esta combinación binaria la mejor manera de plasmar con fuerza el mensaje desprendiéndose de las distracciones.

Perteneciente a una nueva promoción de pintores barceloneses, mediante un trazo espontáneo pero seguro y un uso dinámico de los encuadres, aporta una visión fresca y directa de las principales arterias de la capital catalana y sus viandantes.

LAS VISIONES URBANAS DE ABEL FLORIDO

por Josep M. Cadena

Perteneciente a una nueva promoción de pintores barceloneses, Abel Florido (Barcelona, 1963), a través de un trazo espontáneo pero seguro y un uso dinámico de los encuadres, aporta una visión fresca y directa sobre las principales arterias de la capital catalana y sus viandantes. La Rambla y el emblemático Café de la Ópera, la Diagonal y la Casa de las Punxes, el paseo de Gracia y la Pedrera, y otros elementos urbanos como ahora los taxis negros y amarillos, las entradas de metro y los ciclistas, aparecen representados con tanto acierto que nos permiten sentirnos inmersos en medio del ajetreo ciudadano.

Los protagonistas de los cuadros somos las personas comunes que diariamente salimos de casa para atender nuestras obligaciones laborales, ir a comprar o encontrarnos con alguna amistad. Mientras caminamos no deparamos demasiado los unos en los otros ni en el paisaje que nos rodea. Es igual que pasemos cerca de un edificio patrimonio de la humanidad o de un o una joven elegante, en el monumento nos nos fijamos y al congénere le hemos borrado de la memoria a los pocos segundos. Por tanto, el color de nuestro deambular parece que tenga que ser el gris propio de las realidades anodinas.

Pero si en nuestro rodar por las calles sabemos mirar como corresponde entenderemos que cada hombre y mujer, lejos de ser un individuo sin personalidad relevante, constituye un mundo único de vivencias y pensamientos, que las piedras atesoran lecciones que los antepasados nos han legado y que la banderola colgada a una farola que anuncia una exposición del fotógrafo Chema Madoz es la invitación a alterar la ruta rutinaria y poco estimulante para encaminar nuestros pasos hacia experiencias que nos reconforten el espíritu.

Y es cuando tomamos conciencia de que la cotidianidad esconde tesoros cuando el gris empieza a transformarse en color. Abel Florido ama la ciudad, y nos la presenta en blanco y negro, igual que ciertos artistas de la fotografía que ven en esta combinación binaria la mejor forma de hacer llegar con fuerza el mensaje huyendo así de las distracciones, pero añade notas de color para indicarnos, como los idealistas de mayo del 1968 en París, que bajo los adoquines está la playa, a cada uno le corresponde encontrarla.

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