BARCELONA, 1969 Jordi Isern

Capta la importancia de cada momento, único y valioso, y nos hace llegar, mediante el instrumento del arte, la noción de la belleza, hecha de equilibrio, armonía y paz.

Escenas de paisajes de montaña, bosques y lagos sintetizan el gusto estético de este pintor que trabaja una paleta donde predomina la gama de los verdes, azules y amarillos.

BIOGRAFÍA

De formación autodidacta, realizó su primera exposición individual en 1992. Hace unos diez años, tomó la decisión de irse de la ciudad (Barcelona) y buscar la paz y la tranquilidad del campo, de los espacios abiertos. Lo necesitaba. Era un «urbanitas» y llevaba la naturaleza en su interior. Estaba destinado en el mundo empresarial, que era su mundo natural, pero rebelarse contra esta posibilidad y se entregó a Arte plenamente. Por ello, en la obra de Jordi Isern se demuestra su particular diálogo plástico con la naturaleza.

Escenas de paisajes de montaña, bosques y lagos sintetizan el gusto estético de este pintor que trabaja una paleta donde predomina la gama de los verdes, azules y amarillos. Pintor plenoairista, busca captar la luz y la atmósfera que existe en un momento determinado y preciso. La crítica lo considera un artista de inquietud creativa, vital y audaz. Su pincelada es precisa y creativa, de sentimiento poético y alma sensible. El trabajo constante, el análisis de su propia obra, la autoexigencia y el estudio de los grandes maestros, es el camino que sigue para conseguir su objetivo. Encontramos obras suyas en colecciones de España, Venezuela, Japón, E.E.U.U, Escocia, México, Bélgica y Perú.

LOS PAISAJES EMOTIVOS Y REFLEXIVOS DE JORDI ISERN

por Josep M. Cadena

Inmediatamente después de una gran exposición en el museo de su ciudad natal, Jordi Isern (Alcover, 1969) nos ofrece esta. Pienso que es un honor para la Sala Rusiñol de Sant Cugat del Vallés, que con tanto acierto rigen Ignacio y Victoria Cabanas, así como una buena oportunidad para los santcugatenses que desde hace años siguen la obra de este artista que vierte al lienzo paisajes que conmueven e invitan a la reflexión.

En el catálogo de dicha muestra alcoverense, junto con un amplio testimonio fotográfico de sus cuadros, basados ​​en los cambios que experimenta la Naturaleza a lo largo de las cuatro estaciones del año, el mismo Jordi Isern firma un artículo, titulado No olvides el camino, en el que señala como ha pintado lugares en los que, a menudo, por la cotidianidad de pasar habitualmente, no nos detenemos a reflexionar sobre su belleza y todo lo que nos intentan transmitir. Y lo ha hecho, como sigue diciendo, para que sea por los motivos que sean, me han emocionado, y he tenido la necesidad de plasmarlo en la tela.

Con estas palabras, directas y sinceras, ha consignado unas verdades íntimas, de las que proviene y que continúan siendo su pauta de conducta. Porque como podemos comprobar en sus cuadros, el autor es fiel a los lugares que conoce y ama, los que sabe extraer emociones estéticas que llegan a todo el mundo, como lo demuestra que termine justo de llegar de una exposición hecha en la ciudad nipona de Tokio. Jordi Isern no quiere cambiar de fidelidades, él tiene unas raíces de las que bebe para darnos a todos nosotros la savia de su testimonio empapado de amor al país. Pero él, como artista auténtico que es, no hace localismo, sino universalismo, pues partiendo de las referencias y coordenadas que mejor domina, apela a sentimientos que son propios de todos los seres humanos.

Estallido primaveral tras las lluvias otoñales y las nieves invernales, amapolas que puntean de rojo los campos de trigo que esperan la siega, arbustos que desde arriba de acantilados contemplan el mar a sus pies, pueblos y masías que conviven con las montañas , los bosques y los prados que los rodean … Todo ello, al fin y al cabo, un retrato de dónde venimos y quiénes somos, y una invitación a pensar hacia dónde queremos encaminarnos.

JORDI ISERN Y LA TRASCENDENCIA DEL PAISAJE

por Josep M. Cadena

La sociedad humana cada vez es más convulsa e imprevisible, y parece que la Naturaleza haya contagiado de esta agitación continua, pues al regular cambio de estaciones por lo pronto ha sucedido la confusión de los tradicionales primavera, verano, otoño e invierno, y hay calor cuando toca frío y sequía cuando se esperan lluvias. Por eso siento una especial predilección por la pintura de Jordi Isern (Barcelona, ​​1969), que ahora expone su obra más reciente en la Sala Rusiñol, pues fija con acierto esta Naturaleza que se ha vuelto tan movediza y alterada y nos da tiempo y paz para poder disfrutar.

Jordi Isern iba para urbanita y empresario de provecho, pero oyó el grito de la flor que nace con la primavera; el tallo de trigo que madura esperando la cosecha del verano; el pámpano de las viñas que darán vino en otoño; y la nieve que en invierno amortaja la tierra que necesita un descanso para ganar fuerzas y producir nuevamente. Sus cuadros entienden el orden natural de la vida y la muerte, que no es otra cosa que una oportunidad continua de renovación sin fin que nos debe permitir ser cada vez mejores como colectividad y personas.

Sus paisajes, con frecuencia, no son salvajes, salvajes, sino domesticados por la mano del hombre, pero sin que exista la masa habitual ansia rapaz que destruye todo lo que toca, ya que el respeto mutuo impera, lográndose un equilibrio entre el entorno y la persona que la artista ha sabido encontrar y que desearía para el mundo en que vivimos. La pintura de Jordi Isern tiene unos valores que van más allá de la estética, pues defiende una armonía que debería ser norma de conducta para todos nosaltres.Les obras representan lugares conocidos -la realidad que nos rodea es aquella que mejor podemos trabajar y hacer objeto de nuestras reflexiones- pero no se pliegan al tópico. Prados, bosques, montañas, ríos y masías trascienden su categoría y se nos presentan en su individualidad. Jordi Isern capta la importancia de cada momento, único y valioso, y nos hace llegar, mediante el instrumento del arte, la noción de la belleza, hecha de equilibrio, armonía y paz.

EL SENTIDO DE PERMANENCIA EN LA OBRA DE ISERN

by Josep M. Cadena

Los paisajes de Jordi Isern son amplios y, a pesar de todas sus grandes panorámicas, tienen la emotiva intensidad del detalle. Cuando los contemplamos sentimos la frescura de vida que hay en la hierba que crece al margen de los campos y nos complace ver en el fondo la tibieza de unas casas de pueblo mientras una suave neblina nos envuelve. Y sin dejar de ser muy conscientes de que cuando me refiero a su obra tengo la conciencia de que utilizo expresiones con gran carga poética que nos sitúan en un mundo de sueños, también tengo la firme creencia de que con sus cuadros él nos permite llegar a hacer tangibles las realidades en que, a pesar del cambio de costumbres y modos, todavía son básicas dentro de nuestra vida colectiva.

La pintura, toda pintura, piensen lo que piensen los que realizan sus obras con afán de innovación y de encontrar nuevos ámbitos de proyección individual y social a la vez, es la afirmación de las realidades íntimas de cada persona, empapadas por el sentido de pueblo y de país. Y no es necesario que cada artista se ponga a demostrarlo de una manera consciente y con voluntad de enseñando que guía y enriquece la mente de los que siguen lo que hace. Le basta con seguir sus impulsos, de acuerdo con unas técnicas que ha aprendido y que constantemente mejora porque así debe ser, pero que no son ni mucho menos el fin último de que el guía. Y eso es lo que hace Isern con su pintura, basada en el amor a las cosas sencillas de nuestro entorno habitual, que ha ido creciendo de una manera que parece espontánea y cada vez improvisadamente nueva, pero que responde a una guía segura y bien delimitada, que está en lo que ahora los científicos dirían que es nuestro ADN y que, explicado de una manera que considero más llana, es lo que hace que seamos como somos y permite que nos reconocemos entre nosotros y, sin que esto sea ningún inconveniente, nos podamos entender con muchas más personas si estas tienen, al igual que nuestro yo común, la voluntad de hacerlo.

La pintura de Isern es, aparentemente, apacible y tranquila. Cada cosa se encuentra en el lugar que le corresponde y el conjunto forma una sinfonía de colores y de formas que armoniosamente se combinan. Parece que no pase nada en ella. Pero no nos dejemos nunca engañar por las apariencias. Hay en ella una exigencia, un temple de vida interna, de exigencia de permanencia y de continuidad que es la que le da su verdadero sentido de obra de arte que busca conectar con el prójimo y hacer que sea consciente de las sus posibilidades para encontrar en la hermosura de las cosas una norma de superior existencia. Creo que, si con mirada limpia lo buscan en ella, lo encontrarán.